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14 mar 2026

Guerra de Irán: La verdad empieza cuando alguien se juega su prestigio por decirla




La guerra contra Irán fue acompañada por comunicados de Israel y de Estados Unidos que justificaban la intervención bajo la idea de guerra preventiva.

Como dijo el cardenal secretario de Estado, monseñor Parolin, en una entrevista a Vatican News «si se reconociera a los Estados el derecho a iniciar guerras preventivas según criterios propios y sin un marco jurídico supranacional que lo regule, el mundo entero correría el riesgo de verse envuelto en llamas». 

Es evidente el debilitamiento del derecho internacional. «La fuerza del derecho ha sido reemplazada por el derecho de la fuerza, con la convicción de que la paz solo puede surgir después de que el enemigo haya sido aniquilado.»

Desde esta perspectiva, rechazo esta guerra.

Al mismo tiempo, observo que, cuando muchas personas se pronuncian sobre conflictos armados, a menudo sustituyen su conciencia moral por el posicionamiento de la tribu política con la que simpatizan. Cuando un ciudadano no siente la necesidad de criticar o de tomar distancia, aunque sea ocasionalmente, de las posiciones del partido político al que vota o suele apoyar, aparece un problema.

Si ese ciudadano permanece siempre adherido a las posturas de su partido y nunca se siente incómodo ni experimenta la necesidad de hacer una objeción o de formular una crítica, incluso desde dentro, se evidencia una falta de capacidad crítica. Ese comportamiento suele revelar un apego a una ideología o a unas siglas políticas mayor que el compromiso con la verdad.

La verdad no pertenece ni a la derecha ni a la izquierda. Sin embargo, muchas personas prefieren pertenecer a un bando antes que buscarla. Seguir a un partido político puede resultar sencillo; seguir a la verdad exige más valentía y supone un compromiso mayor.

Ser un ciudadano completo implica valorar la verdad por encima de la comodidad de pertenecer a una tribu política. El pensamiento libre no pregunta primero qué dice mi partido, sino qué es verdad y qué es justo. Cuando la estrategia política pasa a dictar la moral, la conciencia queda anulada y sustituida por la disciplina partidista.

Si la posición moral de una persona cambia cada vez que cambia la postura del partido al que apoya, eso indica que no se está actuando desde principios firmes, sino desde una alineación con una ideología o con un liderazgo político.

La coherencia moral exige, creo,  juzgar cada guerra con los mismos principios, no según la conveniencia estratégica o la coincidencia coyuntural con un dirigente político. La conciencia no debería alinearse automáticamente con lo que diga un líder; requiere examinar, discernir y responder a lo que se considera verdadero.

Este conflicto está dejando al descubierto algo más amplio: hay quienes reflexionan y elaboran su propio juicio, y hay quienes repiten lo que dicta su bando. La reacción ante la guerra se convierte así en una prueba de si se actúa desde la conciencia moral o desde el simple seguimiento de una ideología.

De ahí la importancia de mantener la capacidad crítica. El valor de la verdad también se percibe cuando expresarla supone asumir un coste. Cuando alguien dice algo sabiendo que puede perder apoyo o popularidad, existe la posibilidad de que ese pronunciamiento esté realmente guiado por la conciencia y merece ser escuchado.

En cambio, cuando lo que se dice coincide siempre con lo que proporciona rédito o aplauso, aparece el riesgo de que no se estén defendiendo principios morales o éticos, sino una estrategia orientada a obtener reconocimiento, ventajas políticas o electorales.

Aunque no es frecuente, a veces ocurre que alguien expresa una postura sabiendo que le hará quedar mal entre los suyos. Cuando eso sucede, puede ser una señal de que esa persona está intentando ser fiel a lo que considera verdadero.

Ya lo dice la Biblia sobre el peligro de la falta de integridad o de la complacencia. Señala que, si todos hablan bien de uno, puede existir el riesgo de estar actuando como los “falsos profetas”, priorizando la aprobación humana por encima de la verdad o de la justicia.

La búsqueda de popularidad puede ocultar, en ocasiones, una falta de compromiso con los valores que se dicen defender. Y esta guerra, más allá de sus consecuencias políticas o militares, está poniendo de manifiesto algo más profundo: está revelando quién reflexiona por sí mismo y quién simplemente repite lo que su propio bando le dicta.



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